Texto: Ana Vallina Bayón
Foto: Ana Verano/Gente
“Cuando mi padre me llevó a la
plaza y mi profesor me sacó al
ruedo estuve convencido de
que quería ser torero”, asegura
Juan Carlos, de tan sólo doce
años, capote en mano, en una
de sus clases de la Escuela Taurina
Miguel Cancela de Colmenar
Viejo. Él, como sus compañeros,
persigue un sueño que
desde que está en la Escuela cada
día ve más cerca. Miguel
Cancela se encarga personalmente
de las clases junto con
su sobrino, Carlos Aragón Cancela
y Catalino, desde que decidieran
hace cuatro años embarcarse
en un proyecto que les
roba horas extras, kilómetros
de coche en decenas de viajes
cada año para torear con sus
chicos y les aporta la satisfacción
de ver los progresos en cada
uno de los movimientos de
la muleta. Los tres han sido toreros
y saben lo duro que resulta
dedicarse profesionalmente a
ello. “Ahora lo tienen más fácil.
Nosotros les orientamos e informamos
de todo. En nuestra
época nadie te apoyaba”, asegura
Miguel Cancela. Y es que
no a todos les gusta ni todos
valen para ello. Como en la vida,
hay que tener raza pero
también muchas ganas de
aprender y disciplina.
Entre los catorce aspirantes
a matador hay dos chicas que
luchan por hacerse un hueco
en un mundo de hombres. Beatriz
decidió apuntarse a las clases
movida por la afición de sus
padres: “son abonados de siempre
en Las Ventas y miembros
de todas la peñas taurinas de
Colmenar”, y mantiene que no
se ha sentido discriminada ni
una sola vez en sus clases: “incluso
creo que mis compañeros
se preocupan más por mí”.
Entre todos los alumnos, que
tienen entre los diez y los veintidós
años, destaca Juan Carlos,
quien ha debutado ya de luces
y con caballo. “La primera vez
que debuté hice la entrada llorando.
Coincidía con otra novillada
aquí en Colmenar y mis
profesores no pudieron acompañarme.
Luego corté una oreja
y me sentí muy feliz, aunque vi
el vídeo y ...”. Exigente, así es la
promesa del toreo de Colmenar.
Exigente, responsable y
disciplinado. “Lo más importante
para mí de la Escuela no es
que me hayan enseñado a ser
torero en la plaza sino también
fuera, a ser mejor persona. En
definitiva es más fácil estar solo
con el toro que con toda la gente
que hay fuera de la plaza”,
asegura este joven matador. Para
Catalino, con muchos años
de experiencia a sus espaldas,
precisamente, esa actitud lleva
al éxito. “Si nos hacen caso en
lo que decimos, seguro que les
va muy bien”. Y es que torero
se nace y se es para toda vida.
“Cuando un matador entra se le
nota hasta en el andar”.